Hay quien decide quién merece vivir y quién no. Siempre lo ha habido. Lo que cambió es que ahora lo dicen en voz alta.
Hace unas semanas, un ministro con poder sobre la policía y las cárceles de su remedo de nación dijo, frente a micrófonos[1], que habría que matar a treinta o cuarenta personas cada noche, porque, según él, hay gente que no merece vivir. Que ni siquiera son personas. Lo escandaloso de esa frase no es lo que dice, sino que se diga abiertamente.
Porque esa operación, el repartir a los seres humanos entre los que cuentan y los que no, no la inventó él, ni es rara, ni es lejana ni oculta. Es de las cosas más antiguas que hacemos. Solo que casi siempre la hacemos callados, con otras manos y otros instrumentos. A veces con la fuerza bruta, mediante ejércitos, pero con mayor efectividad y longevidad a través de las ideas, de las leyes, de los mapas, de las normatividades, de los estudios técnicos firmados por cualquier técnico bajo la pusilánime cobija de la neutralidad científica.
Considero importante empezar de esta forma, y no mediante el ejemplo de una calle o un edificio en concreto, porque quiero desactivar desde las primeras líneas la mentira que sostiene a mi oficio y a casi toda la crítica que se hace de él; la idea irrisoria de que existe alguien imparcial y totalmente neutral en el campo de la planeación. Un lugar de afuera desde el cual mirar la ciudad sin estar metido en ella, sin tomar partido bajo una falsa neutralidad. No lo hay, y pretender que lo hay no solo es ridículo, sino hipócrita y poco ético.
I El disfraz de la planeación
El urbanismo, y en general todas las disciplinas encargadas de la planeación de las formas y modos de habitar del ser humano, se presentan como un conjunto de técnicas. Neutrales, científicas, amorales, hechas de datos y de normas metodológicas que no toman partido. Un estudio de impacto no odia a nadie. Una zonificación no tiene ideología. Un plan de desarrollo solo administra lo que hay. Esa es la historia que el oficio cuenta de sí mismo, y es su mentira fundacional. Porque cada una de esas herramientas de fondo lo que hace es decidir qué vidas valen más; lo mismo que aquel ministro hizo a gritos, solo que aquí en silencio y con un discurso más fingido. Esta zona recibe agua, esta no. Esta gente vive cerca de todo, esta otra a tres horas de camión de su trabajo, veinte mil horas de su única vida quemadas en el trayecto porque alguien trazó una línea. Este territorio se protege, este se sacrifica. Los mapas, en última instancia, reparten el mundo entre los que cuentan y los que cuentan menos.
Estas decisiones las firma alguien. No una máquina abstracta, sino una persona, un técnico, un académico, un experto que se dice neutral porque cree que estudiar la sociedad lo saca de ella. Y es que la poca reflexión es lo común por parte de la comunidad técnica-académica, el no observar ni reconocer que su pertenencia nos vuelve parciales, tendenciosos, interesados, aunque nos presentemos envueltos en la objetividad del método y el dato. Esa es la trampa más fina de la planeación; no que se mienta o se invente información, sino que se finja que quien sostiene y crea los indicadores no está adentro del conflicto que pretende medir. La neutralidad técnica no es que exista y a veces falle, es que no existe. Es el disfraz más eficaz que han encontrado el urbanismo, y en última instancia el positivismo, para ser parciales cuando tal cosa jamás se les ha pedido. Reconocer esa pertenencia desde los propios fundamentos técnicos no solo vuelve al oficio éticamente responsable, sino le da mayor capacidad de acción, al no estar atado a redes ideológicas enmascaradas de buenas voluntades.
Lo anterior lo escribo porque lo he hecho. No con la brutalidad del ministro de paja mencionado, sino con la mansedumbre del profesional que cumple, que entrega a tiempo, que factura. Pero la causa es la misma; yo también he dictaminado, con criterios que llamé técnicos, quién ganaba y quién perdía en un pedazo de ciudad. Escribo esto sin absolverme. No vengo a confesar para quedar por encima de los que no confiesan, ese sería el truco más cobarde de la mala conciencia, y no busco ni necesito ese consuelo.
La lucidez y la honestidad no me limpian, sino en todo caso me implican más. Y me obligan a preguntar de dónde saca ese disfraz su autoridad, por qué obedecemos al plano y a la norma como quien obedece un mandato. La respuesta es más antigua de lo que la humildad del oficio puede admitir.
II La ciudad como orden divino
Mira la bandera que ondea sobre cada edificio de gobierno de este país. Un águila sobre un nopal, devorando una serpiente. La ves tan seguido que se hizo invisible; se volvió paisaje, trámite, fondo. Pero ese símbolo no es ni un adorno ni una nostalgia heráldica. Fue, según la propia leyenda fundacional de este país, una orden divina. El dios Huitzilopochtli les dijo a los mexicas dónde fundar su ciudad; donde encontraran el águila devorando la serpiente, ahí, y en ningún otro lugar. La hallaron sobre un islote en un lago, y ahí, obedeciendo a su dios, levantaron México-Tenochtitlan. La ciudad más importante del país no se fundó donde convenía, donde había tierra firme o agua limpia o defensa fácil. Se fundó donde un dios señaló con el dedo. Y así, casi todas las ciudades del mundo antiguo. El habitar, desde su origen, fue una instrucción teológica.
Hoy nadie cree en Huitzilopochtli. Lleva cinco siglos muerto y con él toda su cosmovisión. A pesar de que este es un país mayoritariamente católico, el ateo y el agnóstico ya no escandalizan a nadie, y millones viven sin declarar fe alguna. Y sin embargo, el símbolo que ese dios muerto dictó sigue ahí. En cada moneda. En cada acta de nacimiento. En cada credencial, en cada sello oficial, en el pecho de cada funcionario. Ciento treinta millones de personas portan, cohesionadas por él, el mandato de una divinidad en la que ninguna cree. La fe se erradicó hace medio milenio, pero la forma quedó, y sigue fundando, sigue ordenando, sigue diciéndonos quiénes somos, y a qué pertenecemos.
Un contenido de fe puede morir por completo y su forma seguir gobernando con plena vigencia. El Dios se va pero la liturgia se queda y se hace de piedra. Dejamos de creer y seguimos obedeciendo, sin saber ya a quién ni por qué. Y lo que vale para el águila vale para casi todo lo que estructura tu vida; creemos que actuamos por razones técnicas, modernas, laicas, propias, pero nada de eso es cierto. Rezamos, todos los días, hacia lugares que no elegimos y de formas que no comprendemos. Solo que ya no lo llamamos rezar. Lo llamamos normalidad, siglo XXI, el Sistema, la Máquina, el Mundo Actual.
Esto no es una queja contra la religión, ni su defensa. Las creencias cohesionan, dan sentido, sostienen a las sociedades; eso es un hecho, no un elogio ni un reproche. Lo que apunto es que lo sagrado no desaparece cuando dejamos de creer, sino que se transforma. Se muda a otras formas que juran ser profanas como el plan, la norma, el indicador, la idea de lo que es un "digno" lugar para vivir. Y desde ahí sigue dictando, con la misma autoridad de antes, qué se funda y dónde, qué se ordena y cómo, quién habita bien y quién no merece hacerlo. La planeación de las formas de habitar se cree la más laica de las técnicas cuando posiblemente sea el oficio con mayor injerencia sobre lo intangible y lo inmaterial. Yo sospecho que es una de las últimas teologías que nos quedan, y de las más eficaces, precisamente porque ya nadie la reconoce como tal; en las ciudades no hay dios visible al cual matar.
III La decadencia como planeación sistematizada
Si ya no hay un dios al cual culpar, queda el instinto de culpar al que le reza. Miramos las ciudades que hemos construido junto con su miseria en aumento, la pobreza heredada, el hambre a la vista, el deterioro físico de la infraestructura básica de los espacios habitables, y ese instinto, entrenado durante siglos, nos hace pensar que el urbanismo falló. Que se equivocó. O le faltó voluntad política, recursos, mejores técnicos. Que si planificáramos mejor y de forma más honesta, esto se arreglaría.
Es al revés. Lo que se observa como decadencia o contradicciones del habitar no es una falla del urbanismo, sino parte inmanente de su existencia. No es lo que pasa cuando sale mal, sino lo que pasa cuando sale exactamente como el sistema que lo produce necesita que salga. Lo que unos llaman ciudad aberrante no es el fracaso del plan; es el plan funcionando a la perfección, sirviendo a los fines reales y tangibles, no a los escritos e idealistas, para los que existe. La planeación no está rota, funciona con mayor precisión que cualquier maquinaria jamás hecha por el ser humano. Al final del día, las ciudades son la obra más importante y determinante de la especie; solo que no funcionan para lo que dicen públicamente ser.
Y es que la forma más común de explicar el desastre urbano es culpar a la burocracia; que es lenta, torpe, corrupta, que traba todo, que si el aparato funcionara mejor la ciudad sería habitable. Es un consuelo barato, y además es falso. La burocracia no obstaculiza a los intereses que producen la ciudad, sino que los sustenta. Todo su andamiaje de permisos, licencias, zonificaciones, consultas y marcos legales no existe para frenar los grandes proyectos, sino para legalizarlos, viabilizarlos, blindarlos; para convertir un interés privado en interés público mediante la liturgia del trámite oficialista. El aparato es preciso, rápido y eficiente justo cuando conviene, y lento cuando debe serlo.
La planeación urbana funciona incluso en lo que las denuncias vecinales, académicos e investigadores señalan como fallos o aversiones del sistema. Ese es el punto central de la planeación. Cuando un proyecto desplaza a una comunidad, satura una vialidad, seca un manto de agua, y a pesar de quejas y denuncias puntuales que se archivan y se declaran "mal fundamentadas", la ciudad avanza conforme a la norma. Eso no es el sistema fracasando, no es que el urbanismo haya perdido el rumbo; es el sistema haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado, que los perjudicados queden atrapados en un engranaje que validó todo legalmente y desestimó lo demás como irrelevante. El mayor daño en las ciudades no ocurre a pesar de la normatividad urbana, sino a través de ella. Un sistema que funciona perfectamente, sobre todo y principalmente en lo que suelen llamarse sus fallos.
Por eso los efectos como el desplazamiento, la exclusión, la vivienda inasequible, las horas gastadas en trayectos, no son accidentes que un mejor plan corregiría. Están incorporados a la lógica como costos perfectamente aceptables, efectos colaterales que el aparato ya tenía contemplados y que no lo perturban en absoluto, porque nunca fueron su problema de origen. En otras palabras, la irracionalidad que sufre el que habita es la racionalidad perfecta del que lo planifica.
Y si eso es cierto, todo el argumento demagógico de la buena intención política se cae. Entonces no necesitamos mejores planes ni mejores técnicos. Necesitamos entender y tener ética para reconocer para qué sirven realmente los que ya tenemos, a quién obedecen bajo el disfraz técnico, y por qué producen, sin fallar nunca, exactamente la ciudad que juran querer evitar.
IV La ciudad ideal
No voy a decirte cómo debería ser la ciudad. Desconfía de todos los que digan saberlo. Desconfía de la izquierda que te promete la ciudad justa y de una derecha que te promete la ciudad eficiente; las dos pelean por un aparato que ni siquiera logran entender ni para quién trabaja. Las dos necesitan un modelo idealista y una serie de culpables que lo impidan. Tampoco voy a decirte que todo está mal por quien gobierne en turno, por el modelo de mercado, por el neoliberalismo, por la religión dominante, por los anarquistas, por los globalistas, por los comunistas, por los capitalistas, por todos menos por uno mismo. Ese maniqueísmo de bandos es de aldea. Sirve para dormir tranquilo, pero no para entender ni para cambiar el mundo.
Porque en el fondo hay algo peor y mucho más peligroso; las banderas que no te dan un enemigo sino que secuestran a su propia gente para poder administrarla. El sionismo no es judaísmo, como un gobierno no es su pueblo, un Estado no es una nación, un partido no es un país, el capitalismo no es el mercado, el sexo no es el género, el espacio público no es el espacio vacío, la democracia no son las elecciones, el nacionalismo no es el patriotismo, la legitimidad no es legalidad; como ningún fanatismo es la fe que dice defender. Toda dominación necesita borrar esas diferencias. Confundirlas es hacerle el trabajo al secuestrador. Lo peor que podemos imaginar es que existe un villano. Quítalo, y mañana otro ocupa la vacante, porque esa posición es estructural y las personas caducan, las ideas no.
Tampoco ofrezco consuelo intelectual. No hay programa, no hay modelo, no hay lista de recomendaciones al final. Lo que hay es un intento de mirar el mecanismo sin el maquillaje, incluida mi propia mano metida en él. Esto no trata solo de urbanistas ni planificadores, sino de la vida de la gente que habita, ya sea bajo el disfraz de arquitecto, paisajista, ingeniero, economista, político, o simplemente de un ciudadano que sospecha que algo no cuadra. Porque los eruditos del urbanismo dicen que todos hacemos la ciudad, pero casi nadie se siente responsable del conjunto porque cada quien hace su pieza y la cree neutral. Y ahí es donde el demonio se oculta; el daño no necesita a nadie que lo firme cuando puede repartirse entre mil manos que solo cumplieron con su parte. No hay piezas neutrales, y es lo primero a entender y reconocer.
Lo segundo es que esa misma racionalidad que reparte la ciudad también administra la espiritualidad de sus habitantes. Porque no es cierto que hayamos dejado de creer; matamos a unos dioses para rezarle a otros (el rendimiento, la utilidad, la optimización) sin darnos cuenta de que seguimos siendo seres de cultos y rituales. Solo que a estos no se les levanta altares ni se les nombra como dioses, y por eso dominan mejor; nadie desconfía de aquello que no reconoce como fe. En el cambio nos dejaron sin saber en qué creer, obedeciendo una liturgia que ni siquiera sabemos que practicamos. Por eso el vacío. Por eso, tal vez, el pánico de ciertas madrugadas, cuando se apaga el ruido y queda solo la pregunta que aprendimos a nunca hacernos, ¿para qué?
Para qué la meta, para qué el objetivo, para qué ser útil, productivo, optimizado, para qué correr toda la vida detrás de una utilidad cuyo dueño nunca vemos. Nos enseñaron a pensar en una lengua a la que le faltan palabras, las mismas palabras que nombrarían lo que perdimos, y luego nos dijeron que el vacío era algo propio, un defecto nuestro, algo que arreglar desde adentro.
No es tuyo. No estás solo. Es del mundo que nos tocó habitar, y ese mundo tiene una forma concreta a través de la ciudad. La racionalidad que nos vacía por dentro es la misma que ordena el espacio por fuera. La que mide, clasifica, optimiza y discrimina. La que convirtió el habitar en rendimiento y a nosotros en jueces de nuestro propio infierno.